El Mapa Se Encoge
Cómo la política de la administración Trump está expulsando a los artistas internacionales de Estados Unidos, y qué significa eso para el mundo, para Canadá, y para el arte mismo.
Alvin Gibbs aterrizó en Estados Unidos después de 11 horas de vuelo. Tenía su visa en orden, sus contratos firmados, sus fechas confirmadas. Era marzo de 2025, y UK Subs, la banda punk británica que lleva décadas en los escenarios, venía a tocar. En el aeropuerto, los agentes de aduanas lo detuvieron. Veinticinco horas después, lo deportaron. No llegó a ver el escenario. Gibbs dijo que sospechaba que sus críticas públicas a Donald Trump habían tenido algo que ver.
No fue el único. Ese mismo año, la cantante FKA twigs canceló su aparición en Coachella y toda su gira americana. La banda canadiense Shred Kelly canceló sus shows en Portland y otras ciudades de EUA aunque su abogado les había dicho que estaban en regla. El violinista alemán Christian Tetzlaff y la pianista iraní-alemana Schaghajegh Nosrati cancelaron sus giras estadounidenses citando el clima político. Un guitarrista austríaco canceló su gira completa por el país. Y Neil Young, nacido en Canadá, ciudadano americano desde 2020, ícono del rock desde hace medio siglo, escribió en su sitio web que tenía miedo de no poder regresar a su propio país si seguía hablando mal del presidente.
Y luego, casi de pasada, casi como un chiste, la banda tuareg Tinariwen publicó el anuncio de su gira canadiense con una frase que lo resume todo: ‘Como Estados Unidos está fuera del mapa, únanse a nosotros en nuestro tour por Canadá.’
No era un chiste. Era un diagnóstico.

Lo que cuesta entrar
Para entender lo que está pasando hay que entender primero la maquinaria. El sistema de visas para artistas internacionales en Estados Unidos era, incluso antes de Trump, uno de los más costosos y complicados del mundo. No es nueva la burocracia. Lo nuevo es el miedo.
Una visa de artista en EUA, tipo O-1 o P-3, no cuesta 460 dólares. Eso era antes, y era solo la tarifa gubernamental. En abril de 2024, bajo la administración Biden, esa tarifa subió a entre 830 y 1,655 dólares, dependiendo del tipo de patrocinador. Pero eso es apenas la entrada. Hay que sumarle los honorarios del abogado, porque sin abogado las probabilidades de éxito caen drásticamente, que oscilan entre 3,000 y 9,000 dólares. Si el artista necesita la visa rápido, porque los tiempos de procesamiento normales pueden extenderse hasta nueve meses, hay que pagar procesamiento urgente: 2,965 dólares adicionales al gobierno, más honorarios de emergencia al abogado. El costo total real de una visa de artista en 2025 va de 7,000 a más de 20,000 dólares por caso.
Para una banda de cinco músicos con su equipo técnico, estamos hablando de decenas de miles de dólares antes de vender el primer boleto, antes de subir al primer escenario, antes de saber si los dejarán entrar en la frontera. Porque incluso con la visa aprobada, un agente de aduanas puede negarles la entrada. Sin explicación. Sin apelación. Sin reembolso.
“Invertí más de 10,000 dólares en hoteles, vuelos y trámites de visa, y la visa fue negada.”
— Bill Smith, agente de booking, Riot Artists
El miedo a ese escenario, gastar todo ese dinero y que de todas formas no te dejen pasar, se ha convertido en el verdadero disuasivo. No el papeleo. No los costos. El miedo. ‘La gente está tomando decisiones por su cuenta de ni siquiera intentarlo’, describió un periodista de Rolling Stone que cubrió el tema. Shred Kelly no fue rechazada en la frontera. Shred Kelly canceló antes de llegar porque el riesgo ya no valía la pena.

Cuando la visa se vuelve arma política
Bajo la segunda administración Trump, algo cambió de naturaleza. El problema ya no es solo burocrático. Es político en el sentido más directo: tener papeles en regla ya no garantiza nada, porque lo que puede costarte la entrada, o la reentrada, es lo que dijiste en una entrevista, lo que publicaste en redes, la causa que apoyaste, la identidad que tienes.
Neil Young lo articuló con la claridad que da el miedo real. ‘Si dices algo malo sobre Trump o su administración, puedes ser bloqueado para reingresar a EUA’, escribió en abril de 2025. Young tiene ciudadanía americana. Tenía miedo de todas formas.
El caso de Bells Larsen es quizás el más revelador sobre hasta dónde puede llegar esto. Larsen es un cantautor canadiense transgénero que pasó cuatro años construyendo su primer álbum, grabándolo antes y después de su transición, armonizando su voz pasada con la presente. Un álbum que habla de lo que significa convertirse en quien uno es. Cuando estaba listo para hacer su primera gira en Estados Unidos, llegó una actualización de política del USCIS: la agencia ya solo reconoce dos sexos biológicos según el asignado al nacer. Larsen tenía el género cambiado en su pasaporte. No había forma de que los documentos cuadraran.
Tuvo que cancelar.
“Somos personas reales con historias reales que contar a través de nuestro arte. Nuestras voces tienen que ser escuchadas. Es simplemente devastador.”
— Bells Larsen, cantautor canadiense
Para los artistas del Sur Global, africanos, latinoamericanos, del mundo árabe, las barreras son aún más altas. Desde el primer gobierno Trump en 2017, los formularios de visa empezaron a exigir 15 años de historial de viajes y empleo, cinco años de cuentas en redes sociales, detalles sobre fuentes de financiamiento y contactos personales. Los consulados en África y en países de mayoría musulmana aplicaron ese escrutinio con mucha más agresividad que en Europa. Tinariwen viene del Sahara malí. La ecuación no necesita más explicación.

Canadá: la oportunidad y la trampa
Cuando Tinariwen elige hacer su gira en Canadá en lugar de Estados Unidos, la reacción instintiva es celebrarlo. Y hay razones reales para hacerlo. Entrar a Canadá como artista internacional cuesta alrededor de 230 dólares por músico, frente a los miles que exige el sistema americano. El proceso es predecible. No hay agentes de frontera con facultades discrecionales para deportarte por lo que dijiste en Twitter.
El Canada Council for the Arts financia hasta el 50% de los costos de giras internacionales en territorio canadiense, con topes de 75,000 dólares por proyecto. Es decir, Canadá no solo es más fácil de entrar: tiene un ecosistema institucional activamente diseñado para atraer arte del mundo. Mientras EUA construye muros burocráticos, Canadá abre puertas.
Pero la historia tiene otra cara, y es importante contarla. La verdad incómoda es que Canadá también necesita a Estados Unidos. Los artistas canadienses emergentes, los que no están en Toronto o Montreal, los que todavía no tienen nombre, dependen del mercado americano para crecer. ‘La industria musical canadiense no es realmente receptiva con los nuevos músicos hasta que triunfan en otro lado’, explica Dan Boeckner, de Wolf Parade, con la honestidad de alguien que lleva 20 años cruzando la frontera para tocar.
Y esa frontera ahora funciona igual de mal en ambas direcciones: los artistas canadienses que quieren tocar en EUA también enfrentan los mismos costos, los mismos tiempos de espera, el mismo riesgo de ser rechazados. Boeckner lo pone en números: ‘Es completamente inasequible para cualquiera que no tenga entre 10,000 y 12,000 dólares para conseguir visas para su banda.’ La muralla no discrimina.
“Las temporadas van a ser más cortas. Va a haber menos artistas. Puedes depender de artistas locales, pero no obtienes la diversidad. No vas a poder presentar a tantos artistas nuevos.”
— Mateo Mulcahy, International Latino Cultural Center de Chicago

Por qué el poder siempre le teme al arte
Hay una pregunta que este fenómeno obliga a hacer, aunque incomode: ¿por qué los regímenes autoritarios, y las administraciones con tendencias autoritarias, se ensañan siempre con los artistas? ¿Por qué no les basta con el poder político, económico y militar? ¿Por qué necesitan también silenciar canciones?
La respuesta es antigua y siempre la misma: porque el arte hace exactamente lo que el poder autoritario más teme. Nombra. Nombra la injusticia con precisión emocional. Nombra el miedo de una manera que el miedo mismo no puede articular. Nombra la dignidad de los que el poder ha decidido que no la merecen. Y ese nombramiento tiene una capacidad de movilizar, de conectar, de hacer que la gente se reconozca en el dolor de otro, que ningún discurso político puede igualar.
Los nazis quemaron libros y prohibieron el jazz, lo llamaban ‘música degenerada’, lo asociaban con judíos y negros. La URSS persiguió a Shostakóvich y Prokófiev hasta obligarlos a humillarse públicamente. Las dictaduras latinoamericanas del siglo XX asesinaron a Victor Jara, exiliaron a Silvio Rodríguez, prohibieron canciones que ni siquiera nombraban la política. El apartheid quiso silenciar a Miriam Makeba. Irán ha encarcelado raperos. China censura letras.
El patrón no cambia: el poder se siente amenazado no por el músico con una guitarra, sino por lo que ese músico representa. Representa la posibilidad de que exista una verdad que el estado no controla. Representa la memoria de lo que había antes. La imaginación de lo que podría haber después. La libertad de sentir algo que el régimen no aprobó.
Lo que hace la administración Trump con las visas de artistas no es solo política migratoria. Es la continuación de esa lógica milenaria con traje administrativo: si no puedes refutar la canción, impides que la canten. Si no puedes responder a la crítica, revocas el visado. Nadie dice ‘prohibimos esta banda’. Solo dicen que los papeles no estaban en orden. Pero los artistas lo saben. Los agentes lo saben. Y el público que se queda sin ver a su artista favorito empieza a entenderlo también, aunque no tenga el nombre exacto para lo que siente.
En un mundo lleno de guerra y odio, en este mundo específicamente, ¿debe callarse el arte? La pregunta tiene algo de trampa: es precisamente en este mundo donde el arte no puede callarse. Es en los momentos de mayor fractura social donde más se necesita la música que viene de otro lado, la historia que no es la tuya, la voz que nombra lo que tú no podías nombrar. Esa es exactamente la razón por la que ciertos poderes quieren apagarla.

El mapa se encoge — pero el arte siempre encuentra la salida
En los peores momentos de la historia, el arte encontró la manera. En la URSS, el jazz circulaba grabado sobre radiografías descartadas, los llamaban ‘música sobre los huesos’. En las dictaduras latinoamericanas, los cantautores usaban metáforas tan cargadas que una canción sobre un río podía hacer llorar a todo un estadio. Miriam Makeba cantó desde el exilio y su voz llegó igual.
Tinariwen reorganizó su gira y la movió a Canadá. Bells Larsen sigue haciendo música. FKA twigs no desapareció porque no pudo tocar en Coachella. El arte es, entre todas las cosas humanas, quizás la más difícil de silenciar del todo — porque no necesita permiso para existir en la mente de quien lo crea.
Pero eso no significa que debamos encogernos de hombros. Cada visa negada es una conversación que no ocurrió. Cada gira cancelada es una comunidad efímera que no se formó, esas dos horas donde gente de distintos orígenes, idiomas y creencias se junta bajo el mismo techo, movida por la misma música, y entiende aunque sea vagamente que la experiencia del otro también tiene peso y belleza y dolor. Cuando Tinariwen no puede tocar en Chicago, no es solo que los fans pierdan un concierto. Es que se consolida un poco más el muro, no el de concreto, sino el más peligroso: el de la ignorancia mutua.
El mapa se está encogiendo. Pero los artistas, como siempre, están dibujando uno nuevo.
FUENTES
Rolling Stone — ‘Global Artists Cancel U.S. Shows Due to Visa Issues and Trump Rhetoric’ (abril 2025)
NPR — ‘Aggressive immigration enforcement makes musicians rethink U.S. tours’ (mayo 2025)
Pollstar — ‘Rocking In The Free World? The U.S. Artist Visa Nightmare’ (abril 2025)
OPB / Iowa Public Radio / Midwest Newsroom — cobertura regional de cancelaciones (2025–2026)
Exclaim! — ‘Canadian Artists Reflect on How US Border Relations Could Impact the Touring Industry’ (enero 2025)
CBC News — ‘Big names are skipping Vancouver on concert tours’ (julio 2025)
Artists from Abroad / CoveyLaw / USCIS — datos de costos de visas artísticas (2024–2025)
Canada Council for the Arts — Arts Across Canada: Foreign Artist Tours (programa 2025)
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